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PAISAJE CULTURAL

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La construcción del paisaje cultural

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El paisaje cultural asociado a la agricultura mediterránea de la Serra de Tramuntana, marcada de manera muy determinante por los márgenes de piedra en seco y el cultivo del olivo, ha sido el resultado de la evolución histórica de la comarca, que se basa en la sucesión cíclica de épocas de bonanza con épocas de mayor escasez que dejan su huella en el paisaje.

La presencia de márgenes en zonas de pendiente extrema, o bien en zonas de roca desnuda, nos recuerdan las épocas en que fue necesario extender al máximo las zonas de cultivo como consecuencia de la presión de una creciente población en una isla con recursos limitados.

En cambio, el despliegue de sistemas de regadíos de gran complejidad técnica y sus orígenes se remontan a la época musulmana y nos ofrecen una imagen de fertilidad y prosperidad que contrasta fuertemente con la austeridad marcada por los olivos de las zonas más extremas.

De este modo, es posible reconocer en el paisaje las marcas dejadas por cada una de las épocas históricas que se superponen a la Serra de Tramuntana.

El paisaje actual de la Serra de Tramuntana es heredero directo de la incorporación de la isla de Mallorca al dominio musulmán en la época medieval, que se produce en el año 903, y supuso la colonización del espacio rural a través de la ganadería extensiva y la agricultura de regadío, desarrolladas mediante técnicas de canalización y distribución del agua para su uso en huertos y vergeles en las que los musulmanes eran grandes expertos, creando así un paisaje básicamente boscoso (utilizado para la caza y la ganadería extensiva) salpicado por las explotaciones de regadío (las Valencia y rafals) alrededor de las cuales se ubicaban los núcleos de población y las mezquitas.

Posteriormente, la conquista catalana de Mallorca -que se produce en 1229- supone la implantación del sistema feudal europeo sobre el espacio rural musulmán, que conlleva una mayor concentración de la población y un incremento de la roturación del bosque para obtener nuevos espacios de cultivo.

En esta época aparecen, además de los pueblos en los que se concentra la población, los sistemas feudales que rompen el diseminado agrícola y concentran la propiedad en manos de la nobleza, creando las llamadas posesiones, las grandes fincas rurales.

El cultivo del aceite y su paisaje, que se mantiene hasta la actualidad, se ve complementado con la expansión de la viña (s. XIX) y el almendro (s. XX), dando lugar al paisaje cultural que se mantiene todavía.

En este periodo (siglo XVII) es cuando se tiene constancia por primera vez de los sistemas tradicionales de explotación de los recursos forestales, como el carbón y la cal, que sirven para explotar los encinares mediterráneos salvados en muchos casos de la roturación donde no es posible, por razones climáticas, el cultivo del olivo.

De origen medieval son también los numerosos pueblos y masías de la Serra, algunos de los cuales se mantienen (como Valldemossa, Estellencs, Banyalbufar o Fornalutx) y que aparecieron como puntos de repoblación tras la conquista cristiana, y aparecen asociados, en algunos casos, a propiedades forestales comunales los habitantes de las cuales obtenían sus propios recursos.

Es el caso de la Comuna de Bunyola, la Comuna de Fornalutx o la Comuna de Caimari, aún hoy propiedades públicas y mantenidas con orgullo de forma mancomunada por sus habitantes.

El paisaje rural del aceite y los bancales, con sus posesiones y los pequeños pueblos, se le superponen, a finales del siglo XIX y principios del XX, los efectos de la industrialización, que conllevan la creación de infraestructuras (trenes, carreteras, caminos y pequeñas centrales eléctricas), muchas de ellas también realizadas con la técnica de la piedra en seco y que en algunos casos son un ejemplo magnífico de patrimonio público bien integrado en el medio.

Por otro lado, el desarrollo de la industria textil (muy destacada en los pueblos de Sóller y Esporles) generará un desarrollo comercial muy notable que permitirá la expansión urbana de los núcleos más relevantes.

A partir de este momento, y a partir de la segunda mitad del siglo XX, la huella de la industria turística comportará el progresivo abandono de la actividad agrícola en las zonas de mayor dificultad orográfica.

La marca de la modernidad y la posmodernidad en el paisaje de la Serra queda reflejada en el progresivo avance de los espacios forestales y la implantación de nuevos usos turísticos y residenciales en los núcleos tradicionales. Y también, en la conciencia colectiva de la necesidad de salvaguardar y poner en valor el paisaje heredado de la historia.